ChuzoManuel

miércoles, diciembre 27, 2006

Baltasar y Farala

No sé por qué estoy tan cachonda. Deben de ser las luces de navidad del Corte Inglés o las barbas llenas de baba de Papa Noel que me ponen melancólica... Sí, quizá sea eso, que huele a incienso y mirra y recuerdo a Baltasar... mmm, Baltasar...

Tenía 14 años, y ya estaba más buena que el pan. Iba al colegio en uniforme: jersey verde desgastado, faldita ligeramente mini (todo lo que me permitían las sucias y extremadamente cerdas monjas ... ¡cuántas veces me obligaron a levantármela!), y calcetines blancos de lana. Aquel 22 de diciembre llovía y las gotas de agua resbalaban por mis piernas blancas hasta que caían, con gran pena en su corazón, al suelo. Iba corriendo a mi casa, tan contenta porque ya se había acabado el colegio que tarareaba una canción de Mili Vanili, mis ídolos del momento. Aquellos pedazo de negros me hacían fibrilar en la intimidad de los walkman. Me imaginaba sus grandes bananas marrones, sus culos prietos... saltando como monos sobre mi imberbe sexo.

El caso es que me encontré con mi tía, que me dijo si podía hacerle el favor de acompañar a Josete a dar la carta a los pajes de los Reyes Magos, que ella tenía que ir a hacer algo a no sé donde. No se me ocurrió nada peor en lo que perder el tiempo, así que acepté. Además, mi primo Josete, aunque pequeño, era muy listo, y siempre resultaba más interesante hablar con él que con las repipis de mis amigas. Ese año se había pedido no sé cuántos micromachines, el barco pirata de los clics y un hamster, a parte de mil chorradas más que no recordaría una vez roto el correspondiente envoltorio. Decía que los Reyes Magos no odiaban a los animales como su madre y que por fin conseguiría tener una mascota. Aunque se equivocaba, años más tarde, Josete, hermoso y fuerte como un toro, dispondría de más de cien zorras dispuestas a ser por él domesticadas.

El Corte Inglés estaba a reventar, pero como me seguía haciendo ilusión el tema, no me resultó muy pesada la cola...

Cuando nos llegó el turno, a Josete, que hasta entonces estuvo encantado, le entró la llorera, y no me extraña. El paje era un tipo escuchimizado y feo al que habían pintado la cara con betún; además, llevaba un traje horroroso y cantaba a alcohol que tiraba para atrás. Total, que a mi primo no le dio la gana de entregarle la carta y la empezó a liar con otra niña que venía desde hace tiempo armando follón. Se montó una tan gorda que acabaron llevándonos a la niña, su padre y nosotros dos a la trastienda.

El padre de la niña, al que llamaremos Sr. Capullo, me pidió que por favor la cuidara un rato, que él tenía que comprar un montón de regalos, que no le iba a dar tiempo, etc. Yo volví a aceptar sin inmutarme, puesto que Josete y la niña ya se habían puesto a jugar con unos He-Man que había en la trastienda como si se conocieran de toda la vida. Cuando se fue, me senté en un sofá que había por ahí y encendí los walkman...: Mili, Vanili, bordando playbacks en mi imaginación púber...

Al cabo de un rato apareció un negro vestido de Baltasar –debía de ser el primer Baltasar de España que veía que era en verdad negro- con la intención de quedar bien con los padres de los niños, para así mantener la buena reputación del Corte Inglés. Pero los niños, con muy buen criterio, pasaron de su culo. Se llevaban tan bien que, de haber sido adultos, seguro hubieran hecho temblar los cimientos del castillo de Greyskull jugando al teto.

El negro, el rey negro, era un dios de cacao: fornido, impresionante. El disfraz que llevaba encima dejaba intuir la fuerza de un salvaje no del todo civilizado. En otros tiempos, sus antepasados, nobles de ébano, reinaron en la selva con absoluto poderío. Su retatatatarabuelo era el mismo Baltasar, y su bisabuelo, último jefe del clan, vio impotente cómo el virus blanco acababa con su pueblo. Esos seres pálidos y enclenques, llenos de malicia, gastaban un pene enano comparado con el de su majestad.

Me dijo: peldone, yica, ¿e uté la hemmana mayol de los pequeños?

Baltasar tenía una voz profunda y grave, y yo, que había bajado, como niña pija y bien educada que era, el volumen de los walkman en cuanto entró por la puerta, sentí sus ondas sonoras filtrarse por mis oídos y recorrer mi cuerpo entero hasta agarrarme el coño por dentro, exprimiéndome el fruto con todas sus fuerzas, dejándome febril, empapada... y roja. Tuve que asentir o hacer algo parecido porque Baltasar me condujo por un pasillo larguísimo hacia una estancia llena de cajas de juguetes en la que una señora gorda e inmensa hacía inventario. Me dijo que escogiera uno para cada uno de mis hermanos, el que quisiera. Elegí dos al azar, puesto que no estaba para pensar mucho. Después, la señora se me quedó mirando con cara de preocupación, y le dijo al negro que me diera una aspirina del botiquín antes de devolverme a mis hermanos.

El botiquín estaba en un trastero donde guardaban el material de limpieza. Baltasar lo abrió y se dio la vuelta con la aspirina en la mano. Yo miraba sus ojos negros hipnotizada, y él dijo: qué le pasa, amol, ¿quiere un vaso de agua pa la pastilla? Tiene uté muy mala cara. Me sirvió el vaso de agua de un bidón de oficina que había por allí; pero, al intentar bebérmelo, se me desparramó entero por el jersey. Estaba muy excitada, tanto que no pude dominarme y me apreté ligeramente contra mi negro. Él pareció no darse cuenta; sin embargo, no dejó que fuera yo la que secara el jersey con un trapo que había cogido; al contrario, muy cortésmente, me hizo levantar los brazos y me lo quitó suavemente con la excusa de que sería mejor dejarlo encima del radiador.

Hacía mucho calor y por un momento nos quedamos los dos callados en un silencio animal... De repente, se produjo un cambio en la cara de Baltasar. Su gesto, antes amable y bonachón, tornó rudo y brutal. Ya no me miraba como a una adolescente; era una hembra y no estaba enferma, él sabía lo que necesitaba: lo que los dos necesitábamos. Me agarró por la blusa y me acercó hacia sí. Sentí sus manos enormes recorriéndome la cintura, sujetar mis nalgas como si fueran manzanas; decía: ya sé lo que quiere la señorita, ya sé lo que quiere; y acariciaba mi sexo de arriba abajo por entre las bragas. Después de tocarme y besarme el cuello y la cara sin rozarme los labios, sólo dibujándolos con los suyos, me hizo arrodillarme... y me cubrió con su capa de rey mago. Nunca olvidaré lo que sentí en ese instante, en la oscuridad, bajo aquel manto de protección... el olor a polla, el vigor, la naturaleza: el sabor de la selva...

No recuerdo bien cómo volví a casa, ni lo que le dije al Sr. Capullo cuando me vio llegar donde estaban su hija y Josete jugando a los He-man con el pelo hecho un torbellino y la blusa toda arrugada... nada de aquello tenía ya importancia. Mili Vanili no eran más que unos farsantes y yo estaba mareada, extasiada... encantada con el mundo y sus posibilidades.

martes, diciembre 19, 2006

Mejor así

Dios se tiró un pedo tan potente que se dio contra el techo celestial. Su cabeza, dura como un diamante, partió en dos la caperuza del universo, y el muy todopoderoso se asomó a una dimensión hasta entonces desconocida para él (o ella, que también las hay Diosas). Aquello le hizo experimentar por primera vez en su infinita vida, si es que eso puede ser posible, el vacío. De hecho, sintió una desazón tal que llamó a todos los arcángeles para que le ayudaran a coser la brecha que con su testa había hecho en la galaxia. Como era Dios, y no podía permitirse el lujo de que nadie dudara de él, con su magia divina impidió a todos y cada uno de sus carpinteros alados que vieran más allá de la grieta que separaba del universo, lo otro. Una vez arreglado, le parecía a Dios que todo volvería a la normalidad. Desgraciadamente, no fue así, y como muchos hombres, también él fue invadido por el ejercito más temible: el capitaneado por la peor Duda; y ya no pudo estar tranquilo. Fue entonces cuando decidió irse de viaje; abrir otra vez el cielo e indagar por ahí fuera.

Sicario Macario

El ser humano cree en algo mucho peor que Dios. El ser humano cree en sí mismo. Cuando afirma querer al prójimo, lo afirma porque así es como lo siente; pero este sentimiento no es más que un disfraz heredado del primer hombre que se consideró algo más que un perro; quizá, el primer hombre que se consideró. Aquel que quiere no lo hace en realidad, sólo es fiel a su instinto original: la supervivencia. La teta de mamá es una bolsa llena de leche.

Todos los traumas que sufre el individuo los causa precisamente esa ilusión infantil de no identificarse como ser animal. El hombre más estúpido es el más inteligente, el más distante de las bestias.

Aprendí hace tiempo a desconfiar de lo sentimental. Sólo causa problemas. Por lo que sabemos, no existe un mundo más allá de la vida; y aunque existiera, por qué ley moral habría de regirse, ante qué dios habríamos de suplicar clemencia... No tiene sentido, por tanto, privarse del placer de hacer lo que nos venga en gana si podemos.

Yo no creo, simplemente sé. Por eso, cuando aprieto el cañón de mi revolver contra la cabeza de una mujer, un viejo o incluso un niño, no siento ningún tipo de lástima. Mi único deber es sobrevivir, y no me debo más que a mi mismo.

lunes, diciembre 04, 2006

1

La esperanza y los sueños
picotean sobre mis sesos;
pájaros que vuelan
y anidan
entre huesos...
cientos,
puntiagudos besos.

viernes, octubre 27, 2006

M-2962-VT

Volvía a la oficina. Tenía puestos los auriculares y escuchaba una canción de tralla descomunal. Me sentía feliz; ya no llovía, y tres rayos de sol me cegaban cariñosamente la vista. Era uno de esos momentos sin quejas, en los que ni siquiera se intuye el largo camino que queda para llegar a cualquier sitio. Qué alegría la luz amarilla entre tanto gris. Todos los pensamientos negros esquivados con la agilidad de un gato. Me veo vestido de atleta, corriendo ligero sobre circuitos eléctricos. En el exterior, estoy seguro, la cara tontuna de siempre, pero a quién le importa.

Es cierto que podría haberme parado a contemplar cien tubos de escape, o arrodillado para comprobar si llevaba atados los zapatos. Si pudiera rebobinar, así lo haría. Pero me dejé llevar por la inercia del que pasea, y me atropellaron.

Recuerdo que grité a un volumen sin misericordia, y que, al instante, miré al asiento del piloto, que era una pilota. Ella tenía cara de niña llorona, buena por cobarde, y leí en sus labios un “lo siento”. Pero lo sintió un segundo, al siguiente estaba en marcha.

Tengo el pie derecho hinchado como un globo gracias a su elefante cromado. No creo que le hubiera costado tanto pararse a echarme una mano, sinceramente.

Si no fuera porque es viernes y estoy a punto de ser libre, sentiría asco por el mundo.

Fuera lastre!

jueves, octubre 26, 2006

Lucio Fernández lo explica

Dios se tiró un pedo tan potente que se dio contra el techo celestial. Su cabeza, dura como un diamante, partió en dos la caperuza del universo, y el muy todopoderoso se asomó a una dimensión hasta entonces desconocida para él (o ella, que también las hay Diosas). Aquello le hizo experimentar por primera vez en su infinita vida, si es que eso puede ser posible, el vacío. De hecho, sintió una desazón tal que llamó a todos los arcángeles para que le ayudaran a coser la brecha que con su testa había hecho en la galaxia. Como era Dios, y no podía permitirse el lujo de que nadie dudara de él, con su magia divina impidió a todos y cada uno de sus carpinteros alados que vieran más allá de la grieta que separaba del universo, lo otro. Una vez arreglado, le parecía a Dios que todo volvería a la normalidad. Desgraciadamente, no fue así, y como muchos hombres, también él fue invadido por el ejercito más temible: el capitaneado por la peor Duda; y ya no pudo estar tranquilo. Fue entonces cuando decidió irse de viaje; abrir otra vez el cielo e indagar por ahí fuera.
En lo que respecta a los seres humanos; es decir, a vosotros: no creáis, pobrecillos, que os ha abandonado. No, el Señor me ha enviado a mí... y como su representante en la Tierra, por el poder que me ha sido otorgado, os ordeno a todos que glorifiquéis, veneréis y os postréis ante MI ENORME POLLA ROJA.

martes, octubre 03, 2006

látigo de cuero

Un hombre se viste en cueros, y luego no va en cueros; a no ser que sea un hombre al que le gusten las chupas y los pantalones de cuero. Mi amigo llevaba dos capas, estaba muy calvo y le encantaba bailar la jota. Qué estilo inigualable, qué SABUAG FEG!

Pero sólo tenía huellas su cuero cabelludo, y aquello le restaba, según él, elegancia a todo paso maestro que intentara acometer. La peluca que se puso para remediarlo fue un error sensorial, y eso que lucía un rubio platino digno de la más bella de las señoras rusas…

Un día, harto de las burlas y carcajadas del irrespetuoso, se la quitó. Fue entonces, por primera vez en mi vida, que le vi realmente furioso. Las venas hinchadas, rojas. Y delfines felices rompiendo las copas.

Impasible, se deshizo de la primera capa de cuero.

Silencio



más o menos…



hasta aquí; cuando el público, mucho más que entregado, explotó en aplauso emocionado.

bla

He intentado acostumbrarme. Llevo años haciéndolo.

El primer día. Bueno, para ser algo exactos, la primera noche: lo pasé fatal.

Ahora sé cómo lo hizo. Mirarme de ese modo. Igual que el timbre del despertador.

Normalmente no pienso en ello: hay vacas que pastan.

Días como hoy…

me siento ridículo, pequeñito:

el centro del universo.

domingo, julio 30, 2006

inútil

Cuando la magia es la ley no hay nada a lo que atenerse.

Hay una perra que me adora. No es mía y ni siquiera le he dado de comer en ninguna ocasión, pero me quiere. Estando con mis amigos charlando en la terraza de nuestro bar preferido no disimula su afecto y salta sobre mi regazo. De pequeña se meaba cuando me veía. Es una perra encantadora.

Pero lo cierto es que a uno le da por pensar… y la jode.

Me suelen aburrir las conversaciones. Es un hecho que no puedo evitar. A veces creo que soy un gran actor secundario. El protagonista me lleva aparte y pronuncia su monólogo. Yo hago que escucho y él se lo cree: soy un profesional.

La perra.

La perra se aprovecha de mi silencio. Ella no se cansa de perseguir piedras, y a mi me entusiasma tener alguien con quien jugar. Por eso la tengo dominada. Le doy lo que necesita. No hay magia, por tanto, entre nosotros, sólo compañerismo… al fin y al cabo, eso tampoco está mal.

El amor de la perra se funda sobre una base.

El que yo busco, no.

Son las 4 y 30 y algo de la mañana y estoy semi-cocido. Sé dónde está lo que quiero, pero, por desgracia, también sé que no me es posible alcanzarlo. Podría hacer mil esfuerzos en vano y nunca lo conseguiría.

Cuando la magia es la ley no hay nada a lo que atenerse. Que así sea.